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Historia del Ballet

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El Ballet Romantico

 
 
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Estamos a principios del Ochocientos, el movimiento artístico del tiempo, el Romanticismo, reacciona a la rigidez y a la técnica del siglo pasado y busca en cambio recuperar las emociones y darles mas importancia. Es propio en esta primera mitad del siglo (1830-1850) que toma forma el ballet romantico. Es una gran difusión de la danza que lleva a una verdadera y propia forma de "balletmanía". Esto sobretodo en Rusia, donde las bailarínas eran adoradas como si fueran diosas y el ballet clásico se convirtó en uno entre las tendencias culturales y artisticas más apreciadas. Una figura de gran importancia fue el bailarìn, profesor de ballet y coreografo Carlos Bladis (Nàpoles 1795-1878). Director de la Academia de Baile la Scala, Blasis es considerado el padre de la tècnica del ballet. En su Tratado sobre el arte de la danza, de hecho, dio los fundamentos a un verdadero y propio "mètodo" de la danza clàsica (a èl le debemos la invenciòn del attitude, inspirada al comportamiento de la estatua de Mercurio del escultor Giambologna).

El primer ballet romantico, La Sylphide, representado la primera vez en la Opèra de Parìs el 12 de marzo de 1832, fue interpretado por una grande bailarìna italiana, Maria Taglioni, en el cual su padre, Filippo Taglioni, era autor de la coreografìa. Esta bailarina fue la primera en interpretar un ballet completamente sobre las puntas y se dice que fue ella misma en contribuir alperfeccionamiento de las zapatillas de punta. En este periodo nacen muchos de los ballets romanticos màs famosos, como Giselle,puesto en escena la primera vez el 28 de junio de 1841 en la Opèra de Parìs,un teatro que comienza a ser uno de los templos de la danza. Entre las estrellas del ballet del periodo recordamos a Carlotta Grisi (primera interprete de Giselle), Fanny Elssler, Fanny Cerrito, Lucille Grahn que bailaron juntas en un memorable Pas de quatre (Londres 1845), coreografiado para ellas por el famoso Jules Perrot.

El ballet La sílfide, representado por primera vez en París en 1832, inauguró el periodo del ballet romántico. Maria Taglioni bailó el papel principal representando a una criatura sobrenatural que es amada y destrozada de forma involuntaria por un hombre mortal. La coreografía, creada por su padre, Filippo Taglioni, abusó del uso de la danza sobre puntas para realzar la ligereza e insustancialidad sobrenatural del personaje interpretado por su hija. La sílfide inspiró muchos cambios en los ballets de la época, respecto a tema, estilo, técnica y vestuario. Otra obra destacada de este estilo fue Giselle (1841), con música de Adolphe Adam y coreografía de Jean Coralli, donde también contrastaban palabras humanas y sobrenaturales, y en el segundo acto los espíritus llamados Vilis llevaban el tutú blanco que se popularizó en La sílfide.

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Los temas españoles estaban presentes en los grandes repertorios europeos de ballet, y los artistas españoles triunfaban en su especialidad. En París se hicieron muy populares Dolores Serral y Mariano Camprubí con El bolero, y Francisco Font y Manuela Dubinon con Los corraleros de Sevilla, estrenada en el Bals de L’Opera. Está documentado el contacto con el coreógrafo danés August Bournonville (Copenhague, 1805-1879), produciéndose un furor por lo “español en Dinamarca” que duró durante todo el romanticismo y se extendió hasta el posromanticismo con obras como El toreador y La ventana, hasta llegar en 1860 a Far for Denmmark (Lejos de Dinamarca), una especie de vodevil ambientado en la América colonial española con la fascinación que dejara la bailarina Pepita de Oliva, y en el que aparecen en su segundo acto majas y manolos, toreros, mantillas, castañuelas y abanicos. La cachucha se convirtió en París en una moda, y Elssler, de la mano del coreógrafo Coralli, la bailó en Le diable boileux con un éxito total. La bailarina italo-sueca Maria Taglioni estrenó su ballet La gitana española, con coreografía de Filippo Taglioni, en San Petersburgo en el año 1938. El coreógrafo Marius Petipa, que había intentado establecerse en España, cristalizó el estilo español dentro del ballet académico, produciendo entre 1847 y 1888 junto a Ivanov una serie de ballets y fragmentos de aire y estilo españoles que son verdaderas obras maestras.

Rusia también mantuvo la tradición del ballet francés a finales del siglo XIX, gracias al coreógrafo francés Marius Petipa, que llegó a ser director de coreografía del Ballet Imperial Ruso. Perfeccionó el ballet con argumento largo y completo que combinaba series de danza con escenas de mimo. Sus obras más conocidas son, entre otras, La bella durmiente (1890), El lago de los cisnes y Cascanueces, las tres en colaboración con el ruso Liev Ivanov, sobre música de Piotr Ilich Chaikovski.